lunes, 30 de marzo de 2009

A las once y media


Se asomó a la ventana, y, como cada noche, él apareció puntual, recortada su silueta bajo la difusa luz de la farola; se detuvo ante el semáforo en rojo y encendió un cigarrillo antes de cruzar. Ella cerró los ojos un instante, hasta que el timbre de la puerta rompió el silencio expectante y acudió presurosa, se atusó el cabello y echó una última ojeada ante el espejo de la entrada a su silueta apenas cubierta por un ligero “picardías”. Se irguió, tomó una profunda bocanada de aire y abrió resuelta. Él sonreía apoyado en el quicio de la puerta, y sus dientes blancos y perfectos resaltaban en la oscuridad, su mirada recorrió lentamente el cuerpo de la mujer y ella se ruborizó como una niña; la besó largamente y ella se estremeció cuando la boca del joven se deslizó por su cuello, él la tomó entre sus brazos y ella entrelazó los suyos en torno a su robusto cuello y se dejó llevar hasta el dormitorio. Sobre la colcha inmaculada del ajuar elaborado por su madre tantos años atrás, ella recorrió el cuerpo musculoso y firme con avidez, saboreando golosa cada centímetro de su piel, y él le correspondió cubriéndola de caricias, transportándola al más bello paraíso imaginable, inundándola con su vigor juvenil. Ella sintió que la sangre se agolpaba en sus sienes y estallaba en mil partículas de placer que se esparcieron por todo su cuerpo dejándola jadeante y exhausta. Cuando recobró el aliento se cubrió con la colcha y sonrió, “hasta mañana, mi amor”, susurró, y se durmió aguardando la noche siguiente, cuando, a eso de las once y media, vería salir de nuevo al guapo camarero del bar de la esquina que, como cada noche, encendería un cigarrillo bajo la luz de la farola y se encaminaría hacia el metro con paso indolente, sin saberse el amante secreto de la encantadora señora que tomaba café en su bar cada mañana.

(Relato original de Lola Mariné publicado en el libro "Tiempo de Recreo").

Me voy a currar, que tengáis un buen día.

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