sábado, 27 de junio de 2009

Café Paradís

Cada día se apostaba a las puertas del Paradís. Tuvo que pelear duro para hacerse con aquel rincón, pero ahora todos sabían que era suyo y lo respetaban. No existía otro sitio en la ciudad que se le pudiera comparar; desde allí observaba las entradas y salidas de los clientes, saludaba, en su imaginación, a los habituales e intercambiaba con ellos frases corteses. A veces, se veía a sí mismo sentado a una mesa charlando sobre literatura o actualidad. Como hacía antaño, cuando era un ciudadano respetable y el limpiabotas le abría la puerta y le lustraba los zapatos mientras le contaba anécdotas. Tenía reservada la mejor mesa: un velador junto a la vidriera modernista flanqueada por dos bellas ninfas talladas en madera.

Pero un mal día, su suerte se torció.

El local no había cambiado en aquellos años. Conservaba su aire decadente; las lámparas de cristal, las mesas de mármol, los espejos en las paredes, y aquellas columnas de hierro forjado que sostenían un techo ricamente ornamentado. Cuando la puerta se abría le llegaba el aroma del café y el olor a canela y vainilla de los deliciosos pastelillos que seguían sirviendo. Era como estar en casa. Aunque ahora, él se quedaba en la puerta con la cabeza humillada y la mano extendida.
Un caballero acudía cada tarde al Paradís y le ofrecía unas monedas con un saludo y una amable sonrisa. Una tarde gélida de invierno se detuvo ante él.
— ¿Por qué no entra a tomar un café?—dijo. Ante el gesto confuso del mendigo lo tomó del brazo y añadió—: ¡Vamos!
El limpiabotas le abrió la puerta y le saludó sonriente, y el viejo camarero de siempre les acompañó a su mesa junto al ventanal y les sirvió unos humeantes tazones de café con leche. El mendigo cerró los ojos y sonrió:
¡Por fin estaba en el Paraíso!


(Relato original de Lola Mariné publicado en la revista Montcada Mírame)
Imagen: Café de la Opera de Barcelona

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