jueves, 10 de diciembre de 2009

El abuelo

El abuelo tenia noventa y seis años, yo catorce. Hasta donde puedo recordar, siempre le vi postrado en una silla de ruedas o tendido sobre su cama; un saco de huesos dentro de un pijama de rayas; un muñeco de trapo inerte, humillado, ausente; esperando, siempre esperando….
Toda la familia se sentía orgullosa de su longevidad, parecía asunto de honor que llegara a los cien, como si de batir un récord se tratara. Todos menos él, y yo; a mí me daba pena. Adivinaba el hastío en sus ojillos ausentes, me dolía el sinsentido de su prolongada existencia. La vida le había premiado con muchos años, pero se cobraba un alto precio en su cuerpo marchito, maltrecho, pero no así en su mente. El abuelo, a su pesar, conservaba toda su lucidez, su memoria intacta; a veces, en sus días buenos, contaba anécdotas de su infancia o su juventud, recordaba el más pequeño detalle. Y entonces sonreía, y cuando lo hacía su sonrisa iluminaba la habitación. De pronto se ensombrecía, su boca se torcía en un gesto cansado y decía que quería morir, que estaba harto. Todos le hacían callar: “¡no digas tonterías, abuelo!”. Y él callaba, se encogía en su silla y se tragaba su tristeza; yo sentía su impotencia, la inutilidad de su dolor.
Uno de aquellos días malos en que permanecía en cama mirando al techo durante horas mientras todos estábamos en el salón, oí unos sonidos extraños procedentes de su habitación, me asomé y descubrí alarmado que respiraba con dificultad. Se ahogaba. Quise correr a avisar pero él me detuvo con un gesto, me acerqué y asió mi mano negando con la cabeza. Me angustiaba el sonido que salía de su garganta, como de animal herido, yo quería pedir ayuda, pero su mano huesuda aferraba la mía y leí en sus ojos una súplica; entonces comprendí.
Me quedé junto a él, con sus ojos clavados en los míos, hasta que dejó de hacer ruidos y la presión de su mano cedió; sus párpados se entornaron y una sonrisa se dibujó en sus labios. Entonces separé mi mano de la suya y volví al salón. Me senté con los demás y no dije nada. El abuelo descansaba y yo no quería que nadie le molestara.

(Relato original de Lola Mariné publicado en el libro "Tiempo de Recreo").

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