sábado, 10 de julio de 2010

Un día en Nueva York

Esta noche he tenido un sueño que me ha dejado agotada. No, no era erótico...

Estaba en N.Y. con mi hijo, en un hotel que más bien parecía un piso corriente, en realidad era como nuestra casa cuando vivíamos en Madrid.
Salíamos a dar un paseo y la verdad es que la ciudad se parecía más a Roma...era antigua, o más bien, vieja; nos llamaron la atención unas columnas romanas en pleno centro con un Hércules en medio, ¿o era el Discóbolo? pero se trataba de N.Y., no cabía duda: las calles eran amplias y estaban abarrotadas de gente de todos los colores que caminaban aceleradas en todas direcciones. No había rascacielos.
Pero nos gustó. Llegamos a un parque con rocas y cascadas y una pista de patinaje y nos paramos a descansar.
De regreso al hotel-casa alguien llamó a la puerta. Le dije a mi hijo que no abriera, no esperábamos visitas  ni conocíamos a nadie en la ciudad. Pero él abrió, siempre hace lo que le da la gana.
Se trataba de un mensajero que traía una cesta llena de productos de mi antigua empresa, la habían devuelto, me dijo, y me la tenía que quedar previo pago de 300 €. Le dije que de eso nada, que le daría la dirección y el teléfono de la empresa y que se arreglara con ellos.
El hombre parecía agotado. Le dije a mi hijo que le sirviera un té frío mientras yo buscaba los datos.
Ni cartas, ni nóminas ni una triste tarjeta...había destruido todas las pruebas. Se me ocurrió que podía buscarlo en Internet y bajé a un ciber.

Empecé a caminar y me olvidé de mi hijo y del mensajero. Estaba fascinada con la ciudad, quería quedarme a vivir allí una temporada; me sentía como en casa, se oía hablar español por todas partes.Quería hacer fotos pero no llevaba la cámara, además recordé que me había olvidado el cargador en Barcelona ¿cómo se puede ir a N.Y. sin pensar en las fotos?
De pronto me dí cuenta de que me había perdido y no sabía la dirección de donde vivíamos ni tenía ninguna referencia. Me entró pánico.
Caminaba deprisa sin saber a donde iba y consciente de que cada vez me liaba más; menos mal que no me dolían los pies, es lo bueno de los sueños... Decidí llamar a mi hijo por el móvil, me estaba retrasando mucho y estaría preocupado; pero en la pantalla parpadeaban una serie de números raros, imposible llamar.
¿Eres de Vigo?-me preguntó un joven.
No-le dije-me he perdido.
Es que aquí hay mucha gente de Vigo-insistió.
Un hombre con una enorme gaita que estaba a su lado asintió sonriendo.
Subimos a un tranvía (¿hay tranvía en N.Y?), y mientras el tipo seguía hablando yo miraba ansiosa  todas las calles tratando de reconocer algo.
¡El Hércules con sus columnas! (¿O era el Discóbolo?) Entonces reconocí nuestra calle: peatonal, con macetas gigantes en el centro. ¡Sí!
¿Cómo demonios se para esto? ¡Quiero bajar!
Descubrí a mi hijo en la esquina mirándome con cara de circunstancias. Seguro que me castigaría sin salir por la noche...

¡Eh! Que no es un cuento que me he inventado. Todo es verídico. Lo he soñado esta noche.

¡Feliz finde!

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