lunes, 25 de marzo de 2013

Nunca digas nunca

katmandú
Cuando escribí Nunca fuimos a Katmandú no podía imaginar que en apenas cuatro años tendría que comerme ese "nunca" con patatas :) Lo cierto es que Katmandú no era más que un sueño de adolescencia y al escribir la novela había cerrado esa página. Nepal ni siquiera estaba entre mis destinos de posibles viajes.

Kanasugi E.B.School


Pero las circunstancias han venido a confirmar el leit motiv de la novela: el carpe diem. Y dan la razón a mis protagonistas, siempre dispuestas a dejarse sorprender, a apurar la vida y disfrutarla sin ponerse  limites, a desafiar los tópicos y lanzarse a la piscina.

Lógicamente, las motivaciones de hoy son muy distintas de las de entonces. En los años 70 Katmandú era exotismo, libertad, espiritualidad, el Sangri-la donde encontrar el sentido de la vida. En el momento presente significaba solidaridad con una escuela para niños sin recursos en una pequeña localidad situada en el extremo oeste del Nepal, el deseo de ayudar y de sumergirme en una cultura totalmente distinta, y también ¿por qué no? aventura. Y lo más excepcional de todo: compartir esa experiencia única con mi hijo Álvaro.

Con alumnos de la escuela
Todavía estoy conmocionada con todo lo que he vivido en estos dos meses; con la gente maravillosa que he conocido, tanto dentro de la escuela como fuera de ella; con su generosidad, con su filosofía de vida, con la belleza natural del país. Envidio a mi hijo que sigue allí, disfrutando de una manera de vivir que al principio me pareció muy dura, pero que pronto comprendí que simplemente era sencilla, descomplicada, y quizá,  más feliz que la nuestra.
En una fiesta tradicional
Poco a poco os iré contando. Son demasiadas emociones y sentimientos para volcarlos en un solo post.

De momento solo deciros que ya estoy aquí, pero mi corazón y mi mente siguen allí.

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