lunes, 13 de enero de 2014

Mi "hijo" secreto

El Confidente
Hoy comparto con vosotros un "secreto a medias", ya que ha sido descubierto por el inefable Confidente de la AEI (Agrupación de Escritores Independientes) de la que formo parte, y cuyo blog os recomiendo visitar. 
Fue una travesura que se me ocurrió hacer el pasado verano, bajo los efectos de la canícula, y que, a lo tonto, me está reportando muchas satisfacciones, aunque sea de forma anónima.
Y quien quiera saber más... que investigue por su cuenta ;)






OBJETIVO: LOLA MARINÉ
Eran las 17:21 h. cuando el AVE en el que viajaba de Madrid a Barcelona se detuvo en la estación de Sants.
Durante el trayecto había repasado mentalmente los pasos que seguiría para que mi misión concluyese en éxito, uno más que acumular a la larga lista de trabajos bien hechos que me han mantenido durante dos años en la élite de los informadores.
Busqué un taxi e indiqué al conductor la dirección a la que deseaba dirigirme. Entonces consulté mi reloj y, seguro como estaba que ella mantendría su rutina, solicité que diese una vuelta por los alrededores del Camp Nou, el estadio de mi equipo favorito, antes de tomar la Diagonal para dirigirnos al centro.

Encontré una ciudad bulliciosa. Los últimos cuarenta o cincuenta minutos de luz natural que restaban contemplan el ir y venir de centenares de personas que se movían nerviosas, como si la mayoría hubiese dejado para el final las compras navideñas.
Tanteé con la mano el dispositivo electrónico que guardaba en un bolsillo interior de mi trenca, una de las tres únicas armas que necesitaría aquella tarde.

—¿Qué? ¿De turismo? —preguntó el taxista, sacándome de mis cavilaciones.
—En realidad, solo una visita rápida —le contesté—. Esta misma noche regreso a Madrid.
Mientras la conversación se tornaba intrascendente, de pura cortesía, llegamos al destino.
—Aparque aquí y espere —le indiqué.
Volví a mirar el reloj y sentí cómo la adrenalina empezaba a apoderarse de mí. Era una sensación que me excitaba, un salto al vacío que generaba un maravilloso vértigo.
Y con solo un minuto de “retraso”, se abrió la puerta del portal y apareció ella. Iba abrigada sabiendo que caería la noche y la temperatura antes que regresase a casa. Detuvo un taxi y la perdí de vista.
—Siga a ese coche, por favor.
Mi conductor obedeció, mientras atrapaba su mirada fugaz a través del retrovisor. Pero no dijo nada.
Estuvimos callejeando alrededor de quince minutos hasta que su taxi se detuvo enfrente del Café de L’Ópera, en plena Rambla, un exquisito local a medio camino entre el Neoclasicismo y el Modernismo, que según me dijo mi taxista, era uno de los cafés más populares de la ciudad.
—Regreso en un minuto. No se vaya —le dije, saliendo al exterior.

Aunque no pude verlo, estoy seguro que consultó el contador para ver cómo sería de grande la faena que le haría si echaba a correr dejándole plantado. Pero nada más lejos de mi intención.
Me asomé brevemente a los cristales de la puerta para comprobar que Lola se sentaba junto a un grupito de personas dispuesta a disfrutar de una buena tertulia, casi seguro que literaria, como tenía por costumbre hacer.
Lola Mariné, escritora
Sonreí y regresé al taxi.

—¿Va todo bien? —me preguntó nada más entrar.
—¡Claro!
—¿Y ahora?
—Regresamos a la dirección que le di.

Otra vez su mirada. Pero poco me importó. La misión se estaba cumpliendo con total exactitud. En unos minutos me despediría de él y jamás volveríamos a vernos.
Llegué a la puerta del portal. Esperé que mi taxi desapareciese entre el tráfico aumentante y utilicé para entrar en él una llave que días antes, mientras preparaba la operación, había conseguido tomar prestada a una vecina despistada.

Recordé la primera vez que lo hice. El corazón se me salía del pecho. Ahora, sin embargo, latía con absoluta normalidad. Una cerradura, mi segunda arma y yo. Ni siquiera resistió veinte segundos.

“Alguien debería decirle que mejorase la seguridad de su casa”, pensé, y me introduje con sigilo en su interior.

La luz proveniente de la calle fue suficiente para colocarme sin dificultad delante de su ordenador, que encendí después de haberle conectado mi aparatito.
Accedí a su cuenta de Amazon con la inestimable ayuda del dispositivo, que esquivó su contraseña. Y ahí estaba todo su trabajo: Gatos por los tejadosNunca fuimos a KatmandúHabana Jazz Club y una cuarta obra que me sorprendió, pues desde luego no es el género en el que ella se movía habitualmente.
Utilizando un seudónimo que no parecía español, había escrito y publicado una novela erótica... no, no, mucho más que erótica, a juzgar por lo que leí.

Atrapado por la curiosidad, accedí a los informes de ventas de esta obra en su KDP y descubrí las cifras: en su primer mes a disposición del público había vendido 500 ejemplares en Amazon.com y 300 en Amazon.es, "casi ná", que decimos en mi tierra.

Sería por haber ocultado su verdadera identidad utilizando un nombre “extranjero” o por estar de moda este género desde que medio centenar de sombras se perdiesen por todo el mundo, el caso es que Lola Mariné había roto todos los esquemas.

De vuelta a Madrid en el AVE, entré con mi móvil en Amazon y descargué la novela pagando su precio... que yo soy Dente, Confi Dente, un tipo legal.

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