domingo, 2 de febrero de 2014

A vueltas con la autoedición

El baúl de Lola: A vueltas con la autoedición


A día de hoy la autoedición ya no es un fenómeno novedoso. Es una realidad en el mundo literario actual, donde la proliferación de pequeñas editoriales y plataformas digitales como Amazon permiten que el sueño de publicar y codearse en las estanterías, tanto físicas como virtuales, con escritores de renombre, sea una posibilidad real al alcance de muchos autores  y pese a quien pese.


Sin embargo, todavía hay suspicacias, menosprecio y desvalorizaciones por parte del mundillo, llamémosle, cultural, ya sean editoriales (que ni comen ni dejan comer), colegas escritores o blogueros supuestamente entendidos en la materia. He llegado a leer en algún sitio de Internet que los autopublicados son escritores fracasados, rechazados por las editoriales y a los que no les queda otra salida.
Friedrich  Nietzsche

Incierto tanto lo uno como lo otro, como demuestra el éxito obtenido por muchos de ellos, mientras que otros han optado directamente por la autopublicación, sin intentar siquiera llamar a las puertas de ninguna editorial.

Quizá algunos deberían recordar que escritores de la talla de Edgar Allan Poe, Alejandro Dumas, Mark Twain o Ernest Hemingway, entre otros muchos, se vieron forzados a recurrir a la autoedición en sus inicios. ¿Alguien puede decir de ellos que sean malos o fracasados?

También Nietszche, tuvo que costearse de su bolsillo la publicación de una cincuentena de ejemplares de su celebérrima obra, Así habló Zaratustra. Y hay cartas de Dostoievski dirigidas a sus amigos en las que les solicita una pequeña aportación económica para poder sacar a la luz alguna de sus obras. Sin olvidar a Marcel Proust, que sufragó la publicación de En busca del tiempo perdido y Por el camino de Swan tras ser desestimado en una editorial por el mismísimo André Guide.
Ernest Hemingway

John K. Toole, autor de la magnífica novela, La conjura de los necios, optó por una solución más drástica ante la imposibilidad de ver su obra publicada y se suicidó.

Ahora, afortunadamente, no tenemos que llegar a esos extremos; ni siquiera vernos abocados a sufrir una depresión, porque en la época en la que nos ha tocado vivir las cosas son bastante más fáciles y hay otras opciones.

Felicitémonos por ello y demos tiempo al tiempo que acabará poniendo a cada uno en su sitio.





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