sábado, 5 de enero de 2019

Los Reyes Magos: la primera gran mentira


Cada año, cuando llegan estas fechas, me acuerdo de que cuando nació mi hijo su padre y yo nos planteamos la disyuntiva de participar o no de la gran mentira universal con respecto a los Reyes Magos. No nos parecía bien que las personas más importantes de su vida y en las que más confiaba (sus padres)  empezaran su relación con él mintiéndole.

Al final comprendimos que era imposible mantenerse al margen. Hasta en los informativos de la televisión y en los periódicos se hablaba de la llegada de los Reyes Magos como del gran acontecimiento que cerraba las fiestas navideñas; sus majestades venían a premiar  a los niños que habían sido buenos y castigaban  a los que no lo fueron tanto con carbón azucarado.


¿Quién puede dudar de lo que digan los serios presentadores de la televisión, de los propios protagonistas "reales" entrevistados en las distintas cadenas, de la veracidad de las cabalgatas que se celebran en todas las ciudades y que podemos ver con nuestros propios ojos?

¿Quién puede quitarle la ilusión a un niño fascinado por las carrozas, las luces, los regalos?

Decidimos, sin mucho convencimiento, participar de la gran mentira, y disfrutamos de la expresión del rostro de nuestro hijo en las cabalgatas, de su excitación en la víspera y de su  ilusión ante los regalos que le habían dejado el 6 de enero.

Hasta que un día, cuando tenía 8 años,  me pidió que le mirara a los ojos y le dijera la verdad. Había oído cosas en el colegio; algunos niños decían que los Reyes eran los padres... No pude seguir mintiéndole, pensé que él lo sabía ya y solo esperaba que yo se lo confirmase.
Se quedó callado, pensativo; después, con lágrimas en los ojos, concluyó que todo era mentira, también Papá Noel, y el ratoncito Perez, y todo. Yo, su madre, la persona en la que más confiaba en el mundo, le había estado engañando durante años...

Por la tarde lo llevé al cine para que se distrajera y se le pasara el disgusto. Yo lo miraba de reojo y  parecía estar bien, no volvió a hablar de asunto, pero siempre me quedó la sensación de que le había decepcionado, de que ya nunca volvería a confiar en mi de la misma manera.

¿Vale la pena mentir a nuestros hijos desde que vienen al mundo? ¿A quién beneficia? ¿Por qué seguimos participando de este complot universal?

Yo no sé a él, pero a mí me creó un verdadero trauma. No pasa año que no piense en ello.






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