miércoles, 19 de marzo de 2014

Desvaríos literarios (o neuras de una escritora)

Lo peor que le puede pasar a un escritor no es enfrentarse a la página en blanco. La imaginación, como todo, "hace músculo" con el ejercicio cotidiano y las ideas fluyen con facilidad. El problema es con cuál de esas ideas quedarse. Decidir cuál de ellas merece convertirse en una novela.

Lo peor que le puede pasar a un escritor es  querer y no poder escribir. ¿Qué se lo impide? Me diréis. Si quieres escribir, escribe. Pero no es tan sencillo. El escritor quiere escribir, lo necesita como el aire que respira, pero no quiere, no puede escribir cualquier cosa. Tiene que surgir una idea que le atrape, que le motive a zambullirse en ella y dejar que ocupe su mente las veinticuatro horas del día, que le invite a tirar de ese hilo de Ariadna invisible y adentrarse en un laberinto en el que no faltarán los obstáculos, las tentaciones de abandono, quizás el desánimo, hasta encontrar la salida, el desenlace final.


Eso supone convivir con la historia y con sus personajes durante muchas horas diarias, meses, tal vez años, si queremos que el lector también se sienta atrapado cuando la lea, que la viva y se emocione como lo hicimos nosotros al escribirla.

Algun@s me diréis que la cosa no es tan dramática, que escribir no es tan complicado. Bien por vosotr@s. A lo mejor incluso tenéis éxito sin pasar por "el placer y el dolor", como decía un célebre escritor, de gestar y parir una novela.

Anaïs Nin y Henry Miller


Pero en mi caso es así. Me he pasado meses dándole vueltas a dos ideas sin que ninguna me atrapara del todo, empezando historias y abandonándolas porque no me apetecía seguir, sufriendo por no encontrar ese hilo del que tirar y que me arrastrara dentro del laberinto.

La agonía ha terminado. Una de esas ideas se ha impuesto, ha empezado a crecer, a madurar en mi mente, y me está pidiendo salir, materializarse en el papel y seguir desarrollándose hasta convertirse en una novela.

¡Vamos a ello!

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