jueves, 7 de marzo de 2019

Mi granito de arena en el Día Internacional de la Mujer


En la mayoría de mis novelas las protagonistas son mujeres. No es que me lo propusiera así en ningún momento, sino que, simplemente, siempre he sentido la necesidad de contar historias de mujeres auténticas, fuertes, valientes, luchadoras, inteligentes; de mostrar el mundo en el que viven, de denunciar las injusticias que sufren (que sufrimos).

Y eso no significa que ni yo ni ellas (mis personajes) menospreciemos a los hombres. Ellos son nuestros compañeros, nuestro complemento. De hecho, en mis novelas hay hombres maravillosos, de esos que todas quisiéramos en nuestras vidas (licencias poéticas de escritora): bondadosos, sinceros, honestos, respetuosos, sensibles... Pero también los hay malos, muy malos, abusadores, machistas, estúpidos, misóginos, maltratadores... de esos que tanto hombres como mujeres preferiríamos que no existieran.

Mi intención, si es que tengo alguna, es dar visibilidad a la mujer de verdad, a la que no necesita un
hombre que le baje la luna porque es capaz de subirse a una escalera y bajársela ella misma, a la que no tiene como máxima aspiración en la vida conquistar a un hombre guapo y rico que la mantenga (como parece seguir empeñada en hacernos creer la sociedad en la que vivimos) sino alcanzar sus propias metas, crecer como persona y no ponerse límites, con un hombre al lado o sin él. A la que se acepta como es, que se cuida para gustarse y no para gustar ni ser la envidia de nadie; la que se sabe una persona y no un objeto para deleite de otros.

Esa mujer existe. Solo falta que los hombres la vean y caminen junto a ella, que la sociedad la acepte y la respete, que la educación en las escuelas la muestre como es, como igual, como ser humano con todos los derechos y libertades.

Vivimos tiempos difíciles en los que la causa de las mujeres parece haber sufrido un retroceso en lugar  de seguir avanzando, en los que los abusos y los crímenes machistas nos escandalizan casi a diario. Es como si viviéramos un resurgimiento del machismo.

Y yo  sueño con que llegue un tiempo en el que no se celebre el Día de la Mujer porque ya no sea necesario, porque, como decía Rosa Luxemburgo: vivamos en un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.”

Mientras, seguiremos luchando todos (espero), hombres y mujeres, codo con codo.






martes, 26 de febrero de 2019

Leer, escribir, viajar



Siempre se ha dicho que leer es una forma de viajar, y no solo en un sentido figurado, sino real. Los libros evocan lugares, o los muestran de forma directa a través de la experiencia del autor, y hacen nacer en nosotros el deseo de conocerlos, de ver con nuestros propios ojos aquello que nos han contado.
Personalmente, me hace mucha ilusión  cuando alguien me escribe para decirme que ha estado en tal o cual país y se ha acordado de alguna de mis novelas que transcurría allí.

Y acabo de darme cuenta de que en la mayoría de los libros que he escrito queda patente mi pasión por los viajes. Algunos los he escrito antes de conocer el país, y como a los lectores, el escribir sobre ellos me ha impulsado a visitarlos; otros, por el contrario, han nacido de una experiencia vivida, a veces por el mero hecho de rememorarla, de revivir ese viaje.



Valga como ejemplo que escribí Nunca fuimos a Katmandú, como queda patente en el título, sin haber estado nunca allí. Lo que me animó a hacer ese viaje y a mi regreso nació  Nepal cerca de las estrellas, narrando mi experiencia.



Habana Jazz Club la escribí a base de documentación, películas y libros. Al final, sabía tanto de esa ciudad que solo me quedaba constatarlo y no me pude resistir. Cuando estuve en La Habana me emocionaba comprobar que era tal y como yo la había descrito sin conocerla y se me saltaban las lágrimas frente al malecón.


En El caparazón de la tortuga se narra un viaje del protagonista que para mi es todavía un deseo por cumplir: recorrer el Sudeste Asiático. Y espero hacerlo pronto.


Con la muerte en los tacones encierra entre sus páginas el
recuerdo de un maravilloso viaje por Sicilia.



En Tras las bambalinas aparece otro lugar que vive en mi recuerdo: Hollywood. Además de Madrid, pero eso ya es más de andar por casa, jeje.





Y en mi nueva novela (en la que todavía estoy trabajando) no me he podido resistir a dar un gran protagonismo a París, ciudad de la que me declaro absolutamente enamorada.

Habrá más libros y más viajes (espero). Siempre soñé con ser una escritora viajera, o una viajera escritora, no lo sé y tampoco importa. Me hace tan feliz lo uno como lo otro y espero seguir compartiendo mis dos pasiones con muchos lectores.




martes, 19 de febrero de 2019

La influencia de Internet en nuestras vidas



Hoy os quiero comentar una conferencia a la que asistí ayer, impartida por Franco Berardi e Ingrid Guardiola, que me impactó  y me dio qué pensar.
Y aunque no se trate de un tema estrictamente literario, hay que reconocer que Internet ha influido mucho en los escritores de hoy, tanto a nivel de promoción como de la facilidad que nos ofrece para publicar nuestras obras.

Pero no vamos a hablar de escritores sino de la influencia que tiene Internet en la vida de todos los que lo utilizamos.

Voy a comentar de forma muy resumida (para no aburriros), algunos puntos que se tocaron en la conferencia y ahí lo dejaré, para que cada uno le dé al "coco" y saque sus propias conclusiones.

Capitalismo psíquico: se refiere a la acumulación de datos personales por parte de los gigantes de Internet que les permiten manipularnos en todos los sentidos, ya sea político, social, económico, incluso moldear nuestro pensamiento y sentimientos (tremendo, ¿no?).

La soledad del ermitaño hiperconectado: el título ya lo dice todo...


Performance: es la "película" que nos montamos para "vender" a los demás, que muchas veces, poco tiene que ver con nuestra propia realidad.

Voyerismo: es un instinto que tenemos todos. ¿A quién no le gusta meter las narices en la vida de otros? Y eso nos produce una satisfacción, claro.

la opacidad de la transparencia: parece una incongruencia, pero es cierto que cuanto más  nos abrimos (aparentemente), más opacos resultamos porque no ofrecemos una imagen real sino la que queremos transmitir.

Gratificación: los likes son el opio de los internautas. Y está demostrado que recibirlos o no tiene uno efecto en nuestros neurotransmisores (dopamina, serotonina, etc), y por tanto, en nuestra felicidad o desdicha.

Autogratificación y ser cuantificado: a todos nos gusta ser reconocidos y valorados por los demás. Todos y cada uno de nosotros nos sentimos el ombligo del mundo en las redes sociales.

El cuerpo postproducido: damos una imagen tan ficticia en Internet que nos disgregamos de nosotros mismos y luego nos esforzamos por convertirnos en ese "yo" que hemos creado. (¡Alucinante!)

La soledad: nos aislamos del mundo precisamente para estar conectados a él. Nos creamos nuestra propia prisión. Es una soledad autoimpuesta.

La cultura del odio: tras la pantalla parece que todos somos jueces, lo sabemos todo, dominamos todas las materias y estamos en posesión de la verdad absoluta. Por eso nos permitimos criticar sin piedad, juzgar, castigar, incluso unirnos en masa para hundir a otro. Creo que de ese modo (y esto es de mi cosecha) damos rienda suelta a nuestras frustraciones, nuestros fracasos y nuestros miedos.

En definitiva, la gratificación que nos produce Internet, y en particular las redes sociales, nos ha convertido en adictos y seres altamente manipulables.

Es para pensar en ello ¿no?



miércoles, 6 de febrero de 2019

¿Qué fue antes, el lector o el escritor?


En las redes sociales existe la creencia (absurda, pienso yo) de que los escritores no leen...

Y eso ocurre porque las redes son un gran escaparate en el todos intentamos darnos a conocer y, si es posible, vender nuestros libros.

Por otra parte, la gran mayoría de nuestros seguidores son también escritores, sea porque tenemos intereses comunes, porque nos ayudamos mutuamente o por el puro egoísmo de algunos (que también los hay) que solo ven a los demás como un tablón de anuncios o como potenciales lectores.

Esto produce la sensación de que todo el mundo escribe y que nadie lee, y cuando tenemos un seguidor que se confiesa solo lector nos dan ganas de ponerle un altar.


Yo creo, sin embargo, que el escritor nace del lector.


Una empieza a leer un buen día, descubre todo el mundo de sensaciones que la lectura ofrece, se apasiona por los libros, y, poco a poco va surgiendo ese gusanillo, ese deseo de emular a sus ídolos literarios, esa necesidad de contar su propia historia a su manera. Y entonces, tímidamente, empieza a escribir, y le muestra sus creaciones a su círculo más íntimo, y como todos le dicen que lo hace muy bien, empieza a soñar con mostrárselo a otros, con llegar a convertirse en escritor/a.


Y de pronto un buen día ha entrado en el círculo y quiere que todo el mundo lo sepa, y quiere que le lean, y quiere vender...



Y entonces parece que se olvida de leer, que lo único que le importa es hablar de su libro. Pero yo no lo creo así. Yo creo que el escritor sigue leyendo, quizá incluso con más afán, porque quiere aprender de otros, pero se olvida de hablar de lo que lee, solo tiene en mente su propio libro.

Cierto que también hay algún osado/a que se atreve a publicar un libro sin haber leído en su vida, y encima presume de ello. Sabe juntar palabras e incluso construir una frase porque se lo enseñaron en el colegio, y de repente se le ocurre que escribir un libro puede ser el camino para alcanzar la fama y hacerse rico (a la ignorancia añadimos la ingenuidad).



Pero dudo que ese tipo de "escritor" llegue muy lejos. El escritor se hace leyendo. Esa es la mejor
escuela y de ella es de donde salen los escritores.


Por eso estoy convencida de que primero fue el lector, y de ahí nace el escritor. Y el escritor sigue leyendo y aprendiendo día tras día, aunque a menudo se olvide de mencionarlo.


sábado, 12 de enero de 2019

Primera lectura del 2019: La hija oscura, de Elena Ferrante


Empezamos el año con la lectura de La hija oscura, de Elena Ferrante.
Hace tiempo que tenía ganas de leer algo de esta misteriosa autora que se hizo mundialmente famosa con la tetralogía que se inició con Dos amigas. Esta novela la escribió justo antes y es, según ella misma, su obra favorita.

Sinopsis de La hija oscura:

Leda es una profesora de literatura inglesa, divorciada y dedicada a sus hijas y su trabajo. Cuando ellas, ya adultas, se trasladan a vivir con el padre a Canadá, se siente liberada y decide tomarse unas vacaciones en un pequeño pueblo de la costa italiana. Pero los días de calma aparente se acaban cuando entra en contacto con una extensa familia napolitana, ruidosa y desagradable y, por alguna razón que ni ella misma se explica, acaba robando la muñeca de la pequeña de la familia con el consiguiente disgusto de la niña.


Página a página, un agradable descanso a la orilla del mar se convierte en el retrato de una mujer terca y sola enfrentada a sí misma, a los fantasmas de su pasado, a la relación con sus hijas y los errores cometidos.

Es una novela breve, sórdida, algo incómoda, que no deja indiferente.

Sobre la autora:
Nadie sabe quién es en realidad Elena Ferrante. Se ha especulado mucho sobre su identidad y se cree incluso que tras su pseudónimo pueda haber un hombre. Lo único que parece ser cierto es que nació en Napoles en 1943.


Feliz año y felices lecturas.







sábado, 5 de enero de 2019

Los Reyes Magos: la primera gran mentira


Cada año, cuando llegan estas fechas, me acuerdo de que cuando nació mi hijo su padre y yo nos planteamos la disyuntiva de participar o no de la gran mentira universal con respecto a los Reyes Magos. No nos parecía bien que las personas más importantes de su vida y en las que más confiaba (sus padres)  empezaran su relación con él mintiéndole.

Al final comprendimos que era imposible mantenerse al margen. Hasta en los informativos de la televisión y en los periódicos se hablaba de la llegada de los Reyes Magos como del gran acontecimiento que cerraba las fiestas navideñas; sus majestades venían a premiar  a los niños que habían sido buenos y castigaban  a los que no lo fueron tanto con carbón azucarado.


¿Quién puede dudar de lo que digan los serios presentadores de la televisión, de los propios protagonistas "reales" entrevistados en las distintas cadenas, de la veracidad de las cabalgatas que se celebran en todas las ciudades y que podemos ver con nuestros propios ojos?

¿Quién puede quitarle la ilusión a un niño fascinado por las carrozas, las luces, los regalos?

Decidimos, sin mucho convencimiento, participar de la gran mentira, y disfrutamos de la expresión del rostro de nuestro hijo en las cabalgatas, de su excitación en la víspera y de su  ilusión ante los regalos que le habían dejado el 6 de enero.

Hasta que un día, cuando tenía 8 años,  me pidió que le mirara a los ojos y le dijera la verdad. Había oído cosas en el colegio; algunos niños decían que los Reyes eran los padres... No pude seguir mintiéndole, pensé que él lo sabía ya y solo esperaba que yo se lo confirmase.
Se quedó callado, pensativo; después, con lágrimas en los ojos, concluyó que todo era mentira, también Papá Noel, y el ratoncito Perez, y todo. Yo, su madre, la persona en la que más confiaba en el mundo, le había estado engañando durante años...

Por la tarde lo llevé al cine para que se distrajera y se le pasara el disgusto. Yo lo miraba de reojo y  parecía estar bien, no volvió a hablar de asunto, pero siempre me quedó la sensación de que le había decepcionado, de que ya nunca volvería a confiar en mi de la misma manera.

¿Vale la pena mentir a nuestros hijos desde que vienen al mundo? ¿A quién beneficia? ¿Por qué seguimos participando de este complot universal?

Yo no sé a él, pero a mí me creó un verdadero trauma. No pasa año que no piense en ello.






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