domingo, 10 de agosto de 2014

Jimmy, el gato que tenía alma de perro

Se suele pensar que los gatos son independientes, ariscos, poco cariñosos, que no obedecen...por eso muchas personas prefieren los perros, son más fáciles de comprender, y de manejar. Pero quien haya convivido con un gato alguna vez sabe que son seres especiales, únicos, belleza en estado puro, relaja solo mirarlos, y los que los tenemos solo podemos estar agradecidos de que nos hayan aceptado en sus vidas.

Jimmy era un gato muy especial, un gato con alma de perro, para que me entendáis. Mi hijo lo adoptó cuando se fue de casa, lo recogió de los jardines de la Universidad de Barcelona, y por supuesto, al año lo tenía yo porque él se iba de viaje...

En casa ya estaba Lluna, y desde el primer momento le dejó claro con sus bufidos quien era la que mandaba. Pero Jimmy era paciente (y pesado); la observaba, se acercaba despacio, la rondaba, y ella, poco a poco fue bajando la guardia. Primero se mantenían a una distancia prudencial, después Jimmy consiguió sentarse en la otra punta del sofá, y a la semana estaban no solo juntos, sino también revueltos.

Por las noches se volvían locos y se pegaban carreras por toda la casa saltando por encima del sofá sin tener en cuenta que yo no formaba parte de él... Después se relajaban y se peleaban por el mejor sitio encima de mí. Por lo general Jimmy acababa en mis brazos y Lluna en mis piernas, inmovilizándome por completo entre los dos. Nunca olvidaré los ronroneos y la mirada de Jimmy en esas ocasiones: era la viva estampa de la felicidad.


Me seguía a todas partes y acudía cuando lo llamaba; era bueno, obediente, se dejaba hacer de todo sin rebelarse ni rechistar. Y cuando me ponía a leer o a trabajar con el ordenador se sentaba a mis pies y se quedaba tranquilo. Ya digo, como un perrito.

Todavía pienso que está aquí, observándome desde cualquier rincón, y que en el momento en que me mueva aparecerá para controlar lo que hago y me mirará con sus grandes ojos amarillos.

La casa se ha quedado muy vacía sin él. Lluna también lo extraña; está más mimosa que nunca, y de repente parece que se pregunta dónde está su compañero y se pone a buscarlo por todas partes, a rastrear su olor... Supongo que es cuestión de tiempo que los dos nos habituemos a su ausencia, pero nunca le olvidaremos.

Como decía mi hijo: Jimmy era un gato muy especial.





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