jueves, 20 de enero de 2011

De tal palo, tal astilla

Mi hijo me ha sorprendido con un relato suyo. He resistido la tentación de corregirle nada y lo transcribo tal cual lo ha escrito él:

Era una cálida noche de verano. La brisa hacía oscilar las hojas de los árboles mientras los jóvenes más rezagados volvían a sus casas tras la fiesta. Dos enamorados se despedían con un beso en la puerta de una casa. Se reían y bromeaban. No se sentían observados.

Él normalmente no se dedicaba a esconderse entre los arbustos para observar a sus posibles víctimas y seguirlas hasta sus residencias, sino que directamente entraba en las casas ajenas y allí improvisaba. Además, solía ir acompañado. Pero esa noche estaba solo, escondido entre los arbustos y observando a aquella chica. Era una chica joven, no contaría con más de diecisiete años. Tenía una larga cabellera rubia, los ojos grises y la piel blanca, mortecina, casi cadavérica, una piel que dejaba entrever el azul pálido de las venas que transportaban el elixir de la vida, una piel que debía ser suave y blanda, que debía oler como huelen las mejores cosas de este mundo. Estos y otros pensamientos lo asolaban mientras observaba a la muchacha. Vio como el chico comenzaba a alejarse. Se dio cuenta que, inconscientemente, había comenzado a acariciar la afilada arma con la que muy pronto acariciaría a la chica, la afilada arma que muy pronto descansaría dejando que se secara en ella la sangre ajena.

Esperó a que la muchacha entrara en la casa y localizó su habitación tras encenderse una luz en el segundo piso. Entonces salió de su escondite en dirección al jardín de la casa sin ser visto por nadie en esa oscura y calurosa noche de verano.

Cuando se apagó la luz esperó el tiempo que creyó necesario para que ella se durmiera, feliz, disfrutando de sus sueños, ajena a lo que le esperaba.

Ella se deslizó suavemente en el mundo de los sueños mientras él se deslizaba en su habitación sin el menor rumor, por las ventanas abiertas que traían la brisa de la noche de verano.

Examinó la habitación y se acercó a la cama donde la observó larga y lentamente. Acarició sus largos cabellos de oro disfrutando de sus ondulaciones y pequeños rizos, miró sus ojos cerrados y paseó por su mejillas y sus blandos labios que exhalaban suaves suspiros con olor a dulces frutas, sobrevoló su cuello rozando su piel de seda hasta llegar a sus pechos que se movían al compás de sus suspiros, acariciando las sábanas.

Embriagado por sus formas y dulces olores preparó la afilada arma que brillaba bajo la luz de la luna, y dejándose llevar por la magia del momento, disfrutó de la melodía de la respiración de la chica al compás de las hojas de los árboles mecidas por el viento y del rielar de la luna, y comenzó a sentir la cálida sangre de la chica fluyendo a través de todo su ser.

Entonces la chica se movió, se agitó, se despertó. Él huyó rápidamente. No recordaba donde estaba la ventana. Ella encendió la luz. Él huía, no sabía hacia donde. Ella cogió algo del cajón. Él se asustó y fue directo hacia ella. Pero la chica lo enfrentó. Él vio el arma, solo quería escapar de allí. La chica lo acorraló contra la pared y todo acabó.

Una vez más se había llevado a cabo esta diabólica forma de arte.

¿Cuántos de vosotros no habréis visto alguna vez, pese a lo sádico de su carácter, el sangriento cuadro de un mosquito aplastado contra la pared?


Álvaro Díez


¿Qué os parece? Yo creo que el chaval promete ¿no?

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