martes, 28 de octubre de 2008

Tarde de lluvia


Las calles de la ciudad, inusitadamente desiertas a esta hora de la tarde, descubren un brillo oscuro en el asfalto, como un espejo negro en el que se reflejan las luces de los coches, de los semáforos. Los árboles, recién lavados, recuperan su verdor, habitualmente oculto bajo una pátina de polvo, y de repente me doy cuenta de que están ahí, de que siempre han estado ahí, confundidos entre las prisas y el tráfico.
Un silencio extraño, como de fin de semana, como de mes agosto, se inclina respetuoso ante el sonido sordo, rítmico, acompasado del goteo constante, incesante. La lluvia no se cansa, la lluvia del invierno no tiene prisa; se enseñorea de la ciudad y se recrea en su propia contemplación. Y algo parece cambiar en el ambiente, en el paisaje, en mi interior; el azaroso ritmo cotidiano se ralentiza, vuelvo, aun sin darme cuenta, a una especie de comunión con la naturaleza, me siento más cerca de ella, me recojo en algún lugar ignoto de mi espíritu y quizás me encuentro conmigo misma, aunque sea sólo por un rato, me reconozco y me mimo un poco: tomo un café caliente contemplando la lluvia tras los cristales, observo las ventanas iluminadas de mis vecin@s que delatan también ese momento de intimidad, de recogimiento en el hogar, de ignorado placer.
Es tiempo de coger un libro, de escuchar mis pensamientos, de garabatearlos en un papel. Es tiempo de abandonarse un poco y de entregarse a un dulce estado de melancolía.

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