lunes, 1 de febrero de 2010

Una de detectives


Para celebrar la Semana Negra de Barcelona (del 1 al 6 de febrero) os dejo un relato que escribí para un taller. Fue todo un desafío porque nunca había escrito nada de ese estilo ni leído mucho tampoco. El resultado final me gustó tanto que lo incluí en el libro colectivo de relatos "Dejad que os cuente algo".
Como es un poco largo os lo pondré en dos partes para que no os canséis.
Ahí va la primera:


UNA MISTERIOSA DAMA (I)
El timbre del teléfono me sobresaltó. No estaba acostumbrado a oírlo en el minúsculo habitáculo que tenía por despacho; de hecho, solía levantar el auricular de tanto en tanto para comprobar si funcionaba. Solté de inmediato el periódico que tenía en las manos y carraspeé antes de responder.
—Investigaciones Puigbó ¿dígame?—respondí tratando de contener mi excitación y dar a mi voz un tono aburridamente profesional.
— ¿El señor Puigbó?—preguntó una voz femenina tras vacilar unos segundos.
—Yo mismo. ¿En que puedo ayudarla?
—Verá. Quisiera encargarle una investigación…
— ¿De que se trata?
—De un asesinato—respondió.
Me erguí en el asiento y volví a carraspear en un intento de ganar tiempo mientras trataba de pensar con rapidez.
— ¿No debería acudir a la policía?—dije sin demasiado entusiasmo, a sabiendas de que si aceptaba mi sugerencia me quedaría sin caso.
—No—respondió sin vacilar—Todavía no se ha cometido el crimen.
— ¿Podría explicarse mejor?—pregunté temiéndome lo peor.
—Sólo puedo decirle que la víctima…soy yo—dijo con voz serena.
— ¡Vaya! ¡Menos mal! —Bromeé— Por un momento temí que fuese usted la asesina...
Se produjo un embarazoso silencio y me arrepentí de inmediato de mi propia estupidez. Temí que colgara, pero no lo hizo. Suspiré resignado. ¡Otra loca…! pensé, los pirados y los cornudos eran los únicos que marcaban mi número de teléfono. ¡Lástima! Aquella mujer tenía una voz misteriosa, sensual… y yo llevaba meses sin trabajar en ningún caso. Empezaba a pensar que tal vez mi madre tuviese razón: “Has visto demasiadas películas”, decía, “prepara unas oposiciones y déjate de bobadas”. Pero yo siempre había soñado con ser detective.
—Disculpeme, señora—acerté a decir— Continúe, por favor.
—Es inevitable —dijo al fin—Lo único que me importa es que el asesino no salga impune.
—Pero señora, yo…
—Si le parece bien—me cortó— esta misma tarde le enviaré un mensajero con un cheque y las instrucciones precisas.
La palabra “cheque” actuó como un resorte en mi cerebro que me impulsó a ponerme en pie y carraspear de nuevo (aquello empezaba a parecer un tic).
—Como usted desee, señora. ¿Me permite preguntarle quien le ha hablado de mí?
—Las páginas amarillas—respondió tajante, y añadió—: Cuando todo haya terminado recibirá otro cheque.
Colgó antes de que pudiera responder. Ni siquiera me había dicho su nombre. Suspiré y encendí un cigarrillo. Bueno, probablemente no volvería a saber de ella, me dije, antes de que tras la primera ansiosa calada, me acometiera un ataque de tos de tal magnitud que me vi obligado a aplastar el pitillo con fastidio en el cenicero, ante el inminente peligro de morir asfixiado.
Aquella tarde, sin embargo, un mensajero llamó a mi puerta.

(continuará)

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