miércoles, 3 de febrero de 2010

UNA MISTERIOSA DAMA (II)


(Continuación. 1ª parte, post anterior)

Lo primero que hice al día siguiente fue ir al banco. No es que estuviera ansioso por cobrar, sólo quería demostrarme a mi mismo que todo aquello no había sido más que una broma y olvidar el asunto. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando la cajera empezó a contar billetes y a alargármelos, era como si hubiera acertado un pleno en la mejor apuesta de mi vida. Así que, siguiendo las instrucciones de la misteriosa dama en las que me daba su dirección y hacía una breve descripción de sí misma, me aposté frente a la puerta de su casa y esperé.
Cuando la vi aparecer me quedé sin aliento. Vestía un elegante sastre negro combinado con un sombrero que cubría parte de su rostro, y, pese a que el día era gris y amenazaba lluvia, ocultaba sus ojos tras unas enormes gafas oscuras; la única nota de color la ponía el rabioso carmín de sus labios. La seguí, tal como ella me había indicado, sin tomar demasiadas precauciones; sabía que querría comprobar que me encontraba allí. Y, en efecto, de vez en cuando giraba levemente la cabeza por encima de su hombro y yo me sentía azorado como un colegial, clavando la mirada, pertinaz, en sus vertiginosos tacones.
Entró en un banco, después en un par de tiendas de las que salió sin ningún paquete, y más tarde, se sentó en una cafetería junto a un gran ventanal, encendió un cigarrillo y estuvo hablando por su teléfono móvil unos minutos; parecía discutir con alguien. Después colgó y se quedó allí largo rato fumando impasible, sin tocar la consumición que había pedido, sin mirar a su alrededor, pero plenamente consciente de que era observada. Juraría que disfrutaba de aquel momento, que actuaba para mí. Por fin, dejó unas monedas sobre la mesa y regresó a su domicilio.
Cuando entró en el edificio puso especial cuidado en que la puerta no se cerrara tras ella; la seguí hasta su piso y me agazapé en la escalera. La tarde se alargó terriblemente mientras yo me debatía entre el sueño, el hambre y la curiosidad por saber qué estaría haciendo ella. Entretuve la espera en un duermevela mientras mil fantasías (no del todo confesables) desfilaban por mi mente, hasta que el sonido del telefonillo me despabiló.
Oí el zumbido del ascensor y apenas tuve tiempo de distinguir la figura del hombre que entró en el apartamento. Me acerqué a la puerta y pude escuchar sus voces contenidas. De pronto, sonó un disparo. Me lancé sobre la puerta con la intención de derribarla (siempre había deseado hacer aquello), pero un dolor insoportable en el hombro me paralizó. Entonces, la puerta se abrió y el hombre apareció ante mí, pálido, con el rostro desencajado y un revolver en la mano.
— ¡Suelte el arma!—grité sacando mi pistola.
—Yo…—balbuceaba el individuo al tiempo que el arma caía a sus pies—ella…se ha disparado ella misma...
—Eso tendrá que explicárselo a la policía—dije entrando en el apartamento.
La mujer, embutida en un largo camisón de raso, yacía inmóvil sobre la moqueta mientras sus rubios cabellos se teñían con la sangre que brotaba de su sien. Llamé a la policía.

Ya en mi oficina, las desesperadas declaraciones de aquel pobre diablo todavía martilleaban mi cerebro: “ella me llamó pidiéndome que viniera, me amenazó con suicidarse si no lo hacía…Si, fuimos amantes, pero yo había decidido volver con mi mujer… Cuando llegué parecía tranquila…de pronto sacó la pistola, creí que iba a dispararme, pero en lugar de eso se apuntó a sí misma…quise detenerla, logré arrebatarle el arma, entonces ella cogió mi mano y apretó el gatillo…Se lo juro, agente ¡yo no la maté! ¡Me tendió una trampa la muy…!”

Al día siguiente recibí otro cheque junto con una nota: “Gracias por su ayuda. Ya tiene a su asesino; haga que pague su crimen”.
Entonces me vino a la mente aquella desconcertante sonrisa de triunfo en los labios inertes de la mujer. Ahora lo comprendía todo: ella decidió poner fin a su vida, pero antes, elaboró un plan para convertir la de su amante en un infierno. Y de alguna manera, también la mía, ya que era el único que conocía la verdad…
En todo caso, razoné, la policía me citaría como testigo, no como investigador; yo sólo tenía que declarar lo que había visto. Si a alguien le debía un detallado informe de mi investigación era a mi cliente, y, lamentablemente, había fallecido…
Decidí entonces que había llegado el momento de atender a los sabios consejos de mi madre y replantearme mi futuro, muy lejos de allí.

(Relato original de Lola Mariné publicado en el libro colectivo "Dejad que os cuente algo").

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